LA SOLEDAD DE LA VEJEZ

soledad-vejez“Estoy sólo y no hay nadie en el espejo”. Frase atribuida a J.L.Borges.

Un ser humano es un ser social por naturaleza, desde su nacimiento hasta su muerte, ya que para vivir precisa de los demás. En esos momentos donde se sabe frágil y vulnerable siente solidaridad y comunicación con los otros, no solo para sobrevivir, sino también para evolucionar culturalmente hacia la realización personal, es decir descubrir el individuo que realmente es.

La realización del ser social se ve facilitada en diferentes momentos de la vida, como en la niñez y la escolarización, los vínculos familiares, los amigos y las relaciones laborales. Cuando esa tendencia propia de la condición humana de compartir su existencia con sus semejantes se pierde, surge la sensación de estar incompleto y una desazón, que en muchas personas provoca soledad.

 La soledad en los mayores es una realidad que viene favorecida por diferentes factores o causas. Sin duda, la primera causa es el hecho de la retirada del ámbito laboral, del que uno se nutre manteniendo numerosas relaciones sociales. El fin de la vida laboral que constituye también el origen de las principales relaciones sociales, supone un sentimiento de desvalorización y de dependencia. La experiencia de autonomía e interdependencia vivida con relación al trabajo y a sus frutos da paso a una experiencia de dependencia que no es un estado desvalorizado, sino una función que varía a lo largo de la vida y da lugar a reajustes en la vida de cada individuo. La vejez es uno de esos momentos vulnerables para sentir la soledad, porque carece de situaciones facilitadoras que hubo en otros momentos de la existencia.

En ese ciclo de la vida llamado tercera edad, época de descanso y de oportunidad para cumplir con anhelos postergados (asignaturas pendientes) mientras uno criaba a los hijos, paradójicamente a muchas personas no les resulta tan idílico, ya que aparecen los trastornos médicos crónicos y debilitantes, la pérdida de amigos y seres queridos que obligan a los duelos no deseados.

La incapacidad física provocada de afecciones orgánicas dificulta participar en actividades que antes se disfrutaba y llega a convertirse en una carga muy pesada para el bienestar emocional de una persona que está envejeciendo. También se puede sentir una pérdida de control sobre su vida por el deterioro sensorial (dificultad con la vista, pérdida de la audición, etc.) y otras discapacidades físicas, que aumentan la vulnerabilidad y la dependencia de los demás. A las características individuales se suman otros condicionamientos externos psicoafectivos que atañen a los vínculos familiares y a la propia discriminación social. Esta dura realidad suele dejar emociones negativas como estados de ansiedad/depresión que conducen a la tristeza, a la soledad y una disminución de la autoestima, que muchas veces conducen al aislamiento social y la apatía.

SOLEDAD SOCIAL Y EMOCIONAL: La soledad objetiva no existe, siempre es una situación o una condición que evoca un sentimiento. Este sentimiento de soledad no está producido inexorablemente por aislamiento social. Una persona que puede estar físicamente sola por la ausencia de compañía (soledad social), no equivale a la experiencia subjetiva más compleja de cómo una persona sufre el deterioro de sus vínculos (soledad emocional).

AISLAMIENTO Y SOLEDAD: El aislamiento es un fenómeno contemporáneo, que es observable y cuantificable, relacionado al concepto de separación, incomunicación y desamparo. Se debe distinguir de la soledad, que es un estado afectivo interior, un sentimiento que escapa a la observación objetiva: Se puede estar aislado sin sentir soledad o se puede estar acompañado y a su vez sentirse terriblemente sólo (soledad en compañía).

La soledad está entramada en la subjetividad caracterológica y anclada en la historia personal, en tanto que el aislamiento en la vejez generalmente se debe a una imposición del entorno familiar o social.

El aislamiento social es un problema grave y habitual en la vejez. Muchos ancianos sienten falta de compañía, afecto y apoyo, que se agrava por la carencia de relaciones sociales de calidad, aumentando su vulnerabilidad.

SOLEDAD Y SALUD: Una de las especialidades médicas, la Geriatría ha constatado el importante papel de las relaciones sociales satisfactorias de las personas mayores investigando su capacidad de resistencia y de recuperación después de las adversidades y de crecer a partir de las tensiones de la salud. Sentirse aislado de los demás puede condicionar trastornos del sueño, aumento de la presión arterial, estrés crónico y hasta alterar la capacidad del sistema inmunitario. En el psiquismo se pueden manifestar estados de ansiedad/depresión, reduciendo el bienestar subjetivo general.

El sentimiento de soledad extrema puede aumentar en un 14% las probabilidades de muerte prematura de las personas mayores, según una investigación realizada por John Cacioppo, profesor de psicología en la Universidad de Chicago, EEUU. La Organización Mundial de la Salud (OMS), informa que las personas viudas presentan menores índices de salud física y mental que el resto de la población de la misma edad. Además, son las mujeres quienes muestran una mayor incidencia, dada su mayor esperanza de vida.

SOLEDAD Y DEPRESIÓN: La depresión es del 10-15% en la población mayor de 65 años. Es dos a tres veces más común que la demencia. Alrededor del 25% de la población anciana en el hospital general se encuentra clínicamente deprimida; mucho más en los internados en instituciones geriátricas, donde la prevalencia llega al 30-40%.

Sin tratamiento, la depresión en el anciano se “naturaliza”, incrementando la morbomortalidad. Existe un su registro del trastorno depresivo en el anciano y por ende sub-tratado.

¿Un anciano se siente solo y aislado porque está deprimido o está deprimido porque se siente solo y aislado?

La experiencia de soledad esta asociada con patologías psiquiátricas: Depresión e ideación suicida (McWhirter, 1990). Las tasas de mortalidad de la persona aislada es de dos a tres veces más alta (Berkam y Syme, 1979). Se asocia con la esquizofrenia (Gerstein, Bates y Reindl, 1989). También con la hostilidad, el alcoholismo, la autodesvalorización y las enfermedades psicosomáticas (McWhirter, 1990).

LA ENFERMEDAD COMO VÍNCULO: Muchos adultos mayores sobreviven al envejecimiento pagando la factura de la soledad y del empobrecimiento de la calidad de sus relaciones sociales. La la soledad del anciano es percibida por las personas del entorno familiar y social, aunque se suele ocultar porque es el espejo que refleja la futura vejez de cada uno. Los ancianos muestran esta soledad aun estando en compañía, ya sea en un encuentro familiar o en medio de los hijos y en ausencia de la familia, acompañado de sus cuidadores profesionales. Incluso si la presencia y el cariño de otra persona intenta suavizar el sentimiento de soledad, éste nunca desaparece por completo, pues nunca se descubre la sintonía y correspondencia humana que le integre al anciano en plenitud.

Pero no solo la soledad repercute sobre la salud, sino que la presencia de la enfermedad se convierte en una reacción de muchas personas que salen al paso de la vulnerabilidad y de la soledad generándose solidaridad.

Como la soledad repercute en la salud, la enfermedad repercute en la soledad.

En efecto, la salud deteriorada conlleva un mayor apoyo familiar que se muestra en la mayor convivencia con otros familiares, sobre todo, con los hijos e hijas.

Las personas sanas conviven en proporciones parecidas en compañía que a solas (o en pareja), pero cuando las personas se sienten enfermas viven en compañía de mayor proporción que a solas y que cuando se sienten sanas. Es decir, que los problemas de salud impelen a las personas ancianas a buscar y obtener, en mayor medida la compañía filial.

Aunque resulte paradójico, algunas personas mayores cuando descubren que enfermar es una solución para su soledad, las propias molestias se convierten en el centro de su atención y en la estrategia para atraer a sí a las personas queridas o cuidadores profesionales. El adulto mayor puede llegar a aprender que sólo con el dolor consigue ponerse en el centro de la escena y de la atención.

En el fondo esta dinámica es universal: hasta una enfermedad se puede llegar a convertir en una astucia de la soledad para llamar la atención. “Si el anciano enfermo se calla, aún los dolores hablaran por el, atraerán la atención, el afecto y la compañía. La enfermedad sirve de intermediario. A través de la impotencia y de los necesarios cuidados, paradójicamente el cuerpo encuentra el medio de una comunicación que se le ha rehusado. Es un chantaje de la enfermedad, al que cede el anciano y al que todos ceden de buen grado, pero con inconsciencia de ese repentino vínculo afectivo.

Finalmente quiero dejar una reflexión de un gran escritor al llegar a su propia vejez: “El secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad.” Gabriel García Márquez.

 

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